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viernes, 3 de junio de 2011

La crónica menor / CORRUPCION Y PECADO

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Mons. Baltazar Enrique Porras Cardozo /

Me consigo con una página magistral del Cardenal Jorge Bergoglio de Buenos Aires sobre el tema. Me resulta tan sugestiva y aplicable a nuestra realidad que no resisto a entresacar algunas de sus cuitas para ofrecerlas a mis benévolos lectores. El tema de la corrupción es una de las realidades habituales de la vida. No es una novedad puesto que siempre se ha dado este fenómeno que obviamente es un proceso de muerte: cuando la vida muere hay corrupción. Y se tiende a identificar situación de pecado y estado de corrupción, aunque son realidades distintas.

Todos sabemos que somos pecadores pero lo nuevo que se incorpora en el imaginario colectivo es que la corrupción pareciera formar parte de la vida normal de una sociedad, una dimensión denunciada pero aceptable del convivir ciudadano. Nos hace bien sacudirnos el alma con la fuerza profética del Evangelio que nos sitúa en la verdad de las cosas removiendo la hojarasca que la debilidad humana unida a la complicidad, crea el humus apto para la corrupción. Nos hará bien volver a decirnos unos a otros: ¡pecador sí, corrupto no!, y decirlo con miedo, no sea que aceptemos el estado de corrupción como un pecado más.
Pecador, sí, como el publicano en el tempo cuando decía, Dios mío, ten piedad de mi, que soy un pecador; o como lo sintió Pedro, primero con palabras, aléjate de mí, Señor, que soy un pecador, y luego con lágrimas al oír aquella noche el canto del gallo. Pecador sí, como nos lo hace repetir la Iglesia al comenzar la misa, o como lo dijo David cuando quedó descubierto ante el profeta Natán.

¡Pero qué difícil es que el vigor profético resquebraje un corazón corrupto! Está tan atroquelado en la satisfacción de su autosuficiencia que no permite ningún cuestionamiento. Se siente tan cómodo y feliz como el hombre del evangelio que sabe que puede quedar bien con los demás a costillas de los dineros de su amo. El corrupto ha construido una autoestima basada precisamente en actitudes tramposas, camina por la vida por los atajos del ventajismo a precio de su propia dignidad y la de los demás.

El corrupto tiene cara de yo no fui, cara de estampita. Merecería un doctorado honoris causa en cosmetología social. Y lo peor es que termina creyéndoselo. ¡Y qué difícil es que allí entre la profecía! Una de las características del corrupto es un cierto complejo de incuestionabilidad. Ante cualquier crítica se pone mal, procura descalificar a la persona o institución que la hace, recurre al sofisma y al equilibrismo para justificarse, desvaloriza a los demás y arremete con el insulto a quien piensan distinto.

San Lucas muestra la furia de estos hombres ante la verdad profética de Jesús: se enfurecieron y deliberaban entre sí para ver qué podrían hacer contra Él. El corrupto aparece en el Evangelio jugando con la verdad, poniendo trampas a Jesús, comprando a quien tiene capacidad de traicionar. Cualquier parecido con la realidad es pura coincidencia. Qué manera de descalificar a quienes señalan hechos de corrupción. Qué moralismo más selectivo el que condena a los responsables del Caracazo o del 2002, pero ni menciona a los de los golpes del 92. San Juan los engloba en una sola frase: la luz brilla en las tinieblas y las tinieblas no la percibieron. Lamentablemente hay demasiados hombres que no perciben la luz.
21/ 12-5-11 (3368)

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