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jueves, 4 de noviembre de 2010

La crónica menor/DIA DE DIFUNTOS

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Mons. Baltazar Enrique Porras Cardozo/
La liturgia cristiana conmemora el 2 de noviembre a los fieles difuntos. Es tradición visitar las tumbas de los seres queridos en los camposantos, limpiar las lápidas, depositar flores, velas, recordar y orar. El ser humano y más el creyente tiene la convicción de la vida eterna y la esperanza del reencuentro afectuoso con quienes nos precedieron.

La profunda convicción de que la vida no se acaba sino se transforma nos distingue de los animales. Lo importante no es vivir de cualquier manera, sino con calidad y en plenitud. En último término no conmemoramos la muerte sino la vida. Por ello, es un rasgo característico de nuestra cultura el contacto sensorial, físico con la persona desaparecida. De allí, la construcción del túmulo o monumento funerario que nos permite palpar de alguna manera al que se fue. En otras culturas, el arrojar las cenizas al viento o a un río tiene otras connotaciones. Nosotros necesitamos ver y tocar, para llorar, musitar una plegaria o dejar un exvoto.

El estado de conservación y cuidado de los cementerios es expresión también de la valoración que la sociedad tiene por respetar los sentimientos espirituales. Lamentablemente, muchos de los camposantos se convierten en monumentos a la desidia y el descuido, cuando no en antros para cometer fechorías. La falta de vigilancia acarrea, además, que malandros o personas sin entrañas atraquen, roben o maltraten a los desprevenidos o indefensos.

La prensa de estos días reseña la intención de algunos de convertir viejos cementerios en canchas deportivas o lugares de paseo o entretenimiento. Ya no hay lugar para que los muertos “descansen en paz”, pues el afán confiscatorio, expropia a vivos y difuntos de una referencia a la memoria de quienes nos han precedido. Es una degradación moral que empobrece y nos lleva al desprecio de la vida, abriendo puertas a tantas formas de segar la vida a seres que consideramos inútiles, estorbos o simplemente indeseables.

Dios quiera y el día de los difuntos sirva de termómetro para medir lo más preciado del ser humano: la calidad de vida que nos haga sonreír y trabajar con entusiasmo por quienes están a nuestro alrededor.

45/ 2-11-10 (2225)

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