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lunes, 1 de noviembre de 2010

La crónica menor/LA PIEDRITA

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Mons. Baltazar Enrique Porras Cardozo/

De nuevo, la violencia se presenta como el ícono de un proceso que pretende arrasar con lo más noble que tiene el ser humano: la vida y la paz. Que la imagen de la patrona nacional y el Nazareno, símbolos indiscutibles de la fe cristiana del venezolano, sean pintadas con un fusil en la mano, más que una provocación y profanación, es un atentado contra el derecho primordial a la vida y una escalada más, en la configuración de una cultura de la muerte y la exclusión.

No se trata de un hecho aislado. Vocear consignas de muerte, exaltar el militarismo como la panacea de la vida ciudadana, incitar al odio y el exterminio considerando enemigo a todo el que no comparta los mismos ideales, convertir las cárceles en antros donde las reyertas dejan cadáveres y heridos a montón, tener los índices de muertes más altos del continente, vivir con la zozobra de la inseguridad y la sombra del atraco o la extorsión, dejar en la impunidad miles de asesinatos que esperan su esclarecimiento, privar de libertad a quienes opinen o disienten del pensar oficial, insultar o denigrar de personas e instituciones con el único fin de descalificarlos, es abonar el terreno para que impere la anticultura de la muerte.

Contrasta un hecho como el del graffiti del 23 de enero, que no pudo ser hecho en un rato ni por mano novata, por lo que a tiempo debieron actuar las autoridades, con la condena legal de la venta de juguetes bélicos y el silencio cómplice de quienes toleran y aplauden la carrera armamentista del país, cuando hay tantas necesidades urgentes que cubrir: los apagones programados y los producidos por “otros” factores, el deterioro de la calidad de vida con la ruptura de la convivencia civil e inclusiva. La erección de monumentos a Zamora, el Che Guevara y Marulanda, más allá de la preocupación social de sus discursos, son una incitación a seguir su ejemplo, plagado de ejecuciones y asesinatos a sangre fría.

Manipular lo religioso para ponerlo al servicio de una causa política es domesticar la exigencia del mensaje. La plegaria no puede ser como la ingenua estrofa de la misa nicaragüense: “Cristo, Cristo Jesús, identifícate con nosotros”. Somos nosotros los que debemos identificarnos con la persona y el mensaje incómodo de Jesús, que pasa por darlo todo hasta la vida por el bien de los demás. No al revés.

Rechazar el graffiti no basta. Indignarse tampoco. Hay que ser protagonistas activos de la vida, la paz y la fraternidad. Los caminos son muchos, menos el cruzarse de brazos y quejarse plañideramente.

18/ 6-5-10 (2583)

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