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lunes, 15 de agosto de 2011

La crónica menor /EZEQUIEL Y EXILIO

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Mons. Baltazar Enrique Porras Cardozo

Gratificante experiencia vivimos los obispos al compartir los ejercicios espirituales anuales de la mano del Obispo Auxiliar de Managua, Mons. Silvio Báez. Latinoamericano, carmelita y biblista, excelente trilogía para examinar la realidad que vivimos desde la palabra de Dios y la espiritualidad que debe animar a todo creyente. Hacen falta los oasis de paz, oración y fraternidad para afrontar con mayor lucidez y fortaleza los contratiempos de la vida.
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Para el creyente la referencia a la Palabra es permanente. No se trata de hacer arqueología ni analogías piadosas. La Biblia es la carta magna, la hoja de ruta que nos descubre la presencia de Dios en los avatares de la vida humana. A pesar de los tiempos, la lección es permanente porque la psicología humana sigue siendo la misma.
Los profetas son los mejores maestros para desentrañar el sentido de la existencia. Ven en profundidad y descarnadamente la realidad desde los impulsos que reciben del espíritu. A Ezequiel le tocó acompañar a su pueblo en uno de los peores momentos de la historia de Israel. El desarraigo de la tierra, el desplome del templo, el vivir en tierra extranjera, en exilio, fue ocasión privilegiada para la purificación y la esperanza. Su mensaje lacerante no tuvo miramientos en señalar las idolatrías de los suyos: la excesiva confianza en sí mismos los llevó a poner a Dios en segundo lugar. El sectarismo que lleva a encerrarse en las propias ideas desvirtuando el sentido de la realidad y de Dios. La idolatría de acomodarse a la mentalidad de la mayoría, apegarse a los poderosos y disfrutar la vida. Y, por último, el olvido de Dios porque no hace falta. Basta con convertirnos en el centro del universo y en el ombligo de los valores superiores, cortados a nuestra medida.

No es suficiente con llamarnos cristianos y pensar que por seguirlo estamos salvos. Necesitamos un corazón nuevo. Una nueva manera de afrontar la realidad, de deslastrarnos del pasado que nos oprime y convertir los huesos secos en seres vivos. Estamos en tiempos de exilio, de desarraigo, de desesperanza. Aprender a ser profetas de la vida, entrar en proceso de cambio, en hacer surgir la vida de la muerte es una lección de coraje, constancia, amor a la verdad y al bien. Es el mensaje gratificante y exigente del Evangelio, de la vida de Jesús, el bueno y único pastor.

Como los discípulos de Emaús, regresamos con mayores bríos a continuar la siembra de una nueva vida. Estoy seguro que una lectura meditativa y sosegada de Ezequiel es buen alimento para los tiempos recios que vivimos. Tenemos la obligación de transparentar la atractiva oferta de una vida más digna, en Cristo, para cada hombre y cada mujer de nuestro medio.
32/ 3-8-11 (2762)

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