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sábado, 11 de febrero de 2012

ECONOMÍA Y RELIGIÓN

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Mons. Baltazar Enrique Porras Cardozo En el imaginario colectivo hay una propensión a desligar la relación entre economía y religión. De un campo para otro existen referencias mutuas. Todos tenemos que pagar un recibo, y todos acudimos a razonamientos éticos para exigir o eludir responsabilidades en el campo financiero. Hay quienes sostienen que no debe haber una relación significativa entre economía y religión, pues ambas son autónomas e independientes. Lo espiritual es el campo de lo religioso y lo material el de la economía. En esta visión dualista, la religión queda relegada a casi nada, pues la mayoría de los asuntos sociales están relacionados con la economía. “Sin real no hay ropa”, reza el adagio popular. En el caso de la economía, esta separación de la ética y la religión, sin reglas externas de sistemas externos como la política, ética o religión, nos lleva al despeñadero que ha sumido a muchos Estados en graves crisis, de las que somos testigos y dolientes todos, y terminan pagando los platos rotos los más pobres. Es lo que Max Weber indicaba hace ya bastante tiempo: “la religión se ha convertido, en nuestro tiempo, en rutina cotidiana. Los dioses de la antigüedad se levantan de sus tumbas y, bajo la forma de poderes impersonales, porque desencantados, se esfuerzan por ganar poder sobre nuestras ávidas, reiniciando sus luchas eternas”. Lo que tenemos que aprender desde la(s) religión(es), también desde algunas propuestas económicas populistas e ideológicas, es que la economía funciona con una lógica distinta a la religiosa o doctrinaria. Es decir, todos los bienes materiales son limitados o escasos, ya que la distribución más justa de los bienes económicos, pasa por la eficiencia económica: lo que se reparte está siempre por debajo de las necesidades.Querámoslo o no, en la economía globalizada de nuestros días, el mercado se ha convertido en el principal coordinador de la división social del trabajo. Quedar excluido del mercado es no tener acceso a las condiciones de vida digna. La nueva economía global necesita una espiritualidad que dé un sentido a la vida, valores morales comunes, que justifique las desigualdades y un mismo tipo de deseo a los integrantes del mercado global. Es más útil enfocar las relaciones entre religión y economía, desde una crítica a la “absolutización” del mercado, no al mercado en sí, que lleva a exigir y justificar sacrificios de vidas humanas en nombre de las leyes del mercado. Hay que superar el miedo que paraliza o lleva a soñar un mundo ideal, pero irreal, para luchar por un mundo más humano y justo, pese a las contradicciones, límites y conflictos inherentes a todo sistema social. 7/ 8-2-12 (2701)

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