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miércoles, 22 de septiembre de 2010

La crónica menor/EL 16 DE SEPTIEMBRE

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Mons. Baltazar Enrique Porras Cardozo.

Cargamos sobre nuestros hombros la pesada carga de no darle importancia sino a lo que sucede en la capital de la república. El 19 de abril caraqueño es fecha clave en los anales de nuestra historia pero no se comprende plenamente sin la adhesión y la negativa de las principales ciudades de lo que más tarde fue Venezuela.

El 16 de septiembre de 1810, bajo el alero de la iglesia de San Francisco, modesto templo que servía de catedral, pues estaba en fábrica el ambicioso proyecto del obispo Hernández Milanés de dotar a Mérida de una catedral al estilo de la Primada toledana, se congregó la feligresía de la ciudad serrana. Era domingo por la mañana.

Terminados los oficios, la convocatoria a cabildo abierto, sin distinción de clases ni condición social, presagiaba acontecimientos y tiempos nuevos.¿Dónde estaba la novedad? En que los españoles americanos, los habitantes de estas serranías, reclamaban para sí los mismos derechos de los españoles peninsulares. Si estos se habían constituido en autoridad por la ausencia del rey prisionero y la intromisión del ejército francés invasor, los de esta orilla del Atlántico tenían el derecho de hacer lo mismo. He aquí la primera lección: los pueblos, cada ayuntamiento, cada localidad tiene el derecho y el deber de asumir el protagonismo de su destino cívico y político. En ello, Mérida recorría el camino que había emprendido en abril la capital de la Capitanía General, Caracas.

Pero, hay más. El actuar libre, conscientemente lleva a la adultez. Se es autónomo, cuando se tiene la suficiente lucidez y capacidad para no necesitar ser llevado de la mano. Mérida pertenecía a la provincia de Maracaibo y añoraba para sí una capitalidad y primacía que había perdido. La erección del obispado con la ciudad serrana como asiento del poder eclesiástico, revivió aquellas ansias de capitalidad. La ciudad lacustre no se sumó a la causa de Caracas; Mérida se acoge a ella, e invita a las ciudades y pueblos circunvecinos que la apoyen y se sumen a la causa común. La rivalidad regional, con sus antagonismos y estrecheces, tuvo y tiene el valor positivo del cultivo de la propia identidad.

Sin embargo, lo más resaltante de aquel cabildo abierto del 16 de septiembre de 1810, fue la civilidad. Los problemas se aclaran dando razones de porqué se actúa de una determinada manera y no de otra. Se oyó a los emisarios de la Junta de Caracas y se sopesaron los argumentos que llevaron a Santafé, El Socorro, Pamplona y Barinas a erigir su propia Junta. Mérida hizo lo propio, erigió su Junta que asumió la autoridad soberana, cesando por consiguiente toda autoridad superior e inferior que hasta ese día la había gobernado. Sin tiros ni aires de guerra; no fueron las charreteras las que impusieron el nuevo derrotero, sino las togas, las sotanas y los sencillos trajes de los comerciantes y campesinos, los que tuvieron la osadía de abrir el arduo camino que condujo a la independencia política.

Fue así, el año 10 del siglo XIX, la primera clarinada que anunciaba los tiempos nuevos que superaban el coloniaje de tres siglos para abrirse a la aventura de ser nación libre y soberana. Este primer paso se aferró a la lealtad al soberano, pues se erigió la Junta Superior en nombre del rey Don Fernando VII, hasta que salga de su cautividad o hasta que por el voto de los españoles del antiguo y del nuevo mundo se establezca un gobierno legítimo. Se aprende a ser sal y luz en las complejidades de la vida cotidiana, asumiendo responsabilidades y dando razones que alumbren el porvenir.

Al cabo de doscientos años de aquel gesto singular, nos debemos preguntar que hemos hecho con el tesoro que heredamos y cuál es la tarea que nos corresponde seguir construyendo. La Exhortación Pastoral del Episcopado venezolano de comienzos de este año ofrece pistas para la reflexión: Fundamentada en la larga experiencia de siglos, reflexionada desde la comprensión del corazón humano que nos da a los creyentes Jesús de Nazaret y la rica doctrina social de la Iglesia, nutrida por la reflexión sobre los éxitos y fracasos de las sociedades modernas, decimos no al individualismo y no al estatismo. No al individualismo, afirmando con fuerza la dignidad personal, pero vivida en espíritu de solidaridad y convivencia fraterna, que promueve la vida de los otros frente a todo egoísmo y asilamiento individualistas. Decimos no al estatismo, pues está a la vista, por doquier, el desastre que han producido y producen los proyectos autoritarios y hasta totalitarios, de diverso signo, que impiden la creatividad y la libertad ciudadanas (n.30).

Lo que soñaron los primeros fundadores como república independiente era muy superior a lo que ellos mismos entendían como tarea inmediata. Era el comienzo de una larga marcha civil por la dignidad de un pueblo libre, educado, productivo y creador de su propia convivencia, justa y pacífica con la firme decisión de no establecer nuestra felicidad sobre la desgracia de nuestros semejantes.

Lástima que quienes nos dirigen, en lugar de hacer de esta conmemoración una ocasión privilegiada para la reafirmación de la identidad y de proyectos comunes, se queden en celebrar cada uno por su lado, sin que ello redunde en beneficio real del pueblo. Aprendamos la lección de nuestros hermanos colombianos, mexicanos y chilenos que celebran sus bicentenarios ahondando en la identidad común de sus pueblos.

41/ 16-9-10 (5441)

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