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lunes, 4 de octubre de 2010

La crónica menor/LA CERVEZA

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Mons. Baltazar Enrique Porras Cardozo

La comarca leonesa de Carrizo tiene el privilegio del cultivo intensivo más importante de lúpulo, materia prima de la cerveza, en España. Esta enredadera requiere de una tecnología cada vez más avanzada y exigente, pues su consumo masivo y los paladares requieren productos de primera calidad. En un hermoso libro del oro de la cerveza se recoge la amena historia, antigua y actual, de esta popular infusión.

Según los entendidos, la cerveza es la bebida fermentada más antigua de la humanidad. Hay testimonios de que 7.000 años a.c. se elaboraba cerveza a base de sorgo en el alto Nilo. Su aparición está un ida al nacimiento de la agricultura ya que en el paleolítico superior el hombre preparaba bebidas a base de raíces, cereales y frutos silvestres que masticaban previamente para facilitar su fermentación con el fin de obtener un líquido relajante y euforizante.

En numerosos jeroglíficos mesopotámicos se observa la producción y consumo de la cerveza 4.000 años a.c. y se consumía abundantemente en lo que hoy es Iraq. En tablillas de arcilla de Sumeria hay referencias a una bebida obtenida de la fermentación de granos de cereal, llamada sikaru, expendida en tabernas regentadas por mujeres. Tan popular era la cerveza en Mesopotamia que servía incluso como forma de pago. Además de la malta de cebada se le daba color y sabor con hierbas aromáticas y jugos de diferentes frutas.

La cerveza sirvió de alimento y salud, bienestar y prosperidad. Su contenido mágico y curativo era bien conocido para tratar problemas estomacales, diuréticos, inflamaciones y calenturas, picaduras y mordeduras de animales. Compitió con el vino en los países mediterráneos. Hasta Sófocles (450 a.c.) recomendaba una dieta moderada a base de pan, carne, verduras y cerveza. Y un padre consciente le recomienda a su hijo no emitir juicio alguno cuando haya bebido cerveza.

Adquirió popularidad en los pueblos nórdicos más allá de las fronteras del imperio romano. En Escandinavia su elaboración era cosa de mujeres. Cuenta una leyenda que un rey resolvió los celos que se profesaban sus dos mujeres, asegurándoles que se quedaría con aquella que le ofreciera la mejor cerveza al regresar de la guerra.

Durante la edad media los monjes se dedicaron a hacer y mejorar la cerveza, obteniendo nuevas variedades desconocidas hasta entonces. Por eso son famosas las cervezas de abadías. El problema de su conservación fue quizá lo que llevó a los monjes botánicos a descubrir el uso del lúpulo que marca, probablemente, el paso de la cerveza antigua a la moderna.

Con el descubrimiento y colonización de América el intercambio entre la chicha del indígena y la cerveza del europeo, contribuyó a perfeccionar y enriquecer técnicas y contenidos. Gonzalo Fernández de Oviedo conoce la primera cerveza de maíz. La cerveza con bajo grado de alcohol, sirvió en los viajes transoceánicos como bebida refrescante y alimento.

Entre nosotros, la bebida más socorrida y barata es una “rubia bien fría”. Sería bueno conocer mejor su periplo histórico antes que la furia cátara y la hipocresía anticapitalista de quienes nos gobiernan la exterminen por proceder de los imperios de antaño y hogaño; y, además, estar ligado el oso criollo a un apellido de linaje tropical.

No nos quedará sino recordar una antigua epopeya finlandesa que bien pudiera tener ritmo de galerón: “la cerveza conquistó inmensa fama, mereció ilustres honras en virtud de su excelencia; buena bebida para la gente juiciosa, daba alegría a los mujeres, humor ingenioso a los hombres, regocijaba a los piadosos y hacía brincar a los locos”.

37/ 20-8-10 (3635)

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