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miércoles, 9 de marzo de 2011

La crónica menor / EL SUEÑO DEL CELTA

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Mons. Baltazar Enrique Porras Cardozo /

Hay lecturas que capturan por el argumento más que por la belleza literaria. Me atrevo a afirmar que otras novelas de Vargas Llosa tienen mayor vuelo literario y hondura descriptiva. Pero, El sueño del celta, tiene la seducción de la madurez del escritor que pone su experiencia de novelista al servicio de la causa de los derechos humanos, permanentemente conculcados por los poderosos sin entrañas, que, lamentablemente, pululan en todos los tiempos y lugares.

Roger Casement, polifacético, detestable a ratos, y en no pocas ocasiones admirado por su rectitud e indoblegable conducta ante la explotación del pobre y la corrupción del que se prostituye por dinero, es un irlandés que trabaja ilusionado al servicio del imperio británico y la vida lo lleva a reencontrarse con sus raíces celtas. El Congo, la Amazonía y su Irlanda natal, son los escenarios que llevan de la mano a constatar la asignatura pendiente del respeto a la dignidad humana y la vida. Lo que sucedió a caballo entre los siglos XIX y XX, es reflejo fiel de lo que sigue pasando, con los matices propios del tiempo, en los albores del tercer milenio.

Hay hondura en las reflexiones sobre la historia, el contraste entre la belleza y exuberancia del paisaje africano y americano, con la sordidez de la conducta sin entrañas, de quienes a nombre de la civilización o la ideología, se quieren convertir en amos de los pueblos. Es el desenmascaramiento del (ab)uso del poder, tentación permanente del ser humano. Los personajes menores, testaferros que se venden, mejor se prostituyen, por dinero y poder, son los ejecutores de las órdenes de los de arriba, que no ven o no quieren ver que edifican su fama y fortuna sobre los hombros de seres indefensos, cuya existencia no vale nada.

Las cavilaciones de Roger en sus diálogos reales o ficticios con sus amigos y confidentes, con su prima Gee, la historiadora Alice, con los frailes en la selva o con el Padre Carey en la prisión, son una búsqueda afanosa, -del protagonista y porqué no del novelista-, del sentido trascendente de la vida y de la razón del mensaje religioso, sobre todo el cristiano.

La lectura de esta novela es una evocación de las lecturas sesgadas de nuestras historias latinoamericanas de antaño, y de las manipulaciones de los mesías contemporáneos, que conculcan los derechos humanos bajo la piel ficticia de una preocupación por los pobres que sólo encierra sed de poder.

Vale la pena zambullirse en la lectura del sueño del celta, que a pesar de sus 450 páginas, amarran la atención hasta consumir la última, en la que aflora la reflexión explícita del escritor y el porqué de su obra.

11/ 10-2-11 (2709)

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