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domingo, 13 de marzo de 2011

La crónica menor / GERVASIO, EL DE LA POLVORA

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Mons. Baltazar Enrique Porras Cardozo /

Todo oficio, por humilde que sea, si se ejerce con sentido de trascendencia, ennoblece. José Gervasio Ramírez, es capitán de la pólvora de la aldea Mucutujote, localidad situada a 3000 mts., en las inmediaciones de Chachopo, desde hace más de cuarenta años.

Además de cargar con el cañón donde pone con cuidado los morteros que anuncian las fiestas y animan las procesiones, es un conversador que reúne en torno a sí a sus contertulios, mientras pelan papas y limpian las hojas de las hallacas, preparando la fiesta de San Benito el negro.

Lleva con mucho orgullo el arte de disparar morteros y afirma con garbo que nunca ha sufrido ningún susto, ¡gracias a Dios y a San Benito! Pero no todo ha siempre fácil. En los Andes no se usan cohetes sino morteros. Estos últimos son una bola de pólvora amarrada con papel periódico y mecate con una larga mecha que se introduce en un tubo con su soporte para ser disparados.

Los morteros, afirma Gervasio, son muy modernos. Antes era más complicado porque lo único que había eran trabucos, especies de escopetas o moscardones caseros, a los que se les atapuzaba de pólvora con una baqueta. Al dispararlo se estremecía todo el cuerpo y hacía temblar las piernas. Como se está poniendo viejo, está enseñando a sus hijos y nietos el oficio para que lo continúen cuando él no pueda más.

De sus andanzas de muchacho arriando vacas y ovejas, recuerda que había una mujer llamada Escolástica, a la que le decían “la lacra”, que vivía en una cueva, sola, en el páramo de las Candelas de Pueblo Llano. A ella se recurría cuando se extraviaba el ganado y lo hacía aparecer. Se le pedían pruebas y ella las daba. No sabían que hacía la buena mujer. Nombraba a San Expedito, no cobraba aunque recibía lo que le dieran.

Había que llevarle velitas. No se vayan sin saber la razón. Luego salía, les daba alguna pista y les decía: váyanse tranquilos pa’su casa, que dentro de una semana verán al torito en tal sitio. Y así era. Era duro ir hasta allá, por lo lejos y porque no teníamos botas ni alpargatas, sino cotizas de tres puntos, hechas de cuero de res, que se amarraban trenzadas en las piernas. Los talones se “toteaban” y salía sangre. Cuando se puso las primeras botas, fue tanta la alegría que durmió la primera noche con ellas puestas y los pies se le pusieron finitos como de señorita.

Su oficio de polvorero lo ejerce como un apostolado, porque sabe que gracias a su arte, la gente concurre masivamente a la iglesia. Y eso, ¡vale la pena!

8/ 4-2-11 (2552)

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