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martes, 15 de marzo de 2011

La crónica menor/¿HASTA DÓNDE?

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Mons. Baltazar Enrique Porras Cardozo /

Con frecuencia el ser humano reclama para sí el derecho a que se respete su privacidad como algo inviolable. Sin embargo, observamos que se están trastocando los valores. El desarrollo tecnológico comunicacional desdibuja los límites de lo público y lo privado. El hombre como ser relacional entra, se entromete de alguna manera, en las esferas más íntimas y oscuras de la conciencia o del comportamiento.

Lo que hace algún tiempo era o podía ser un secreto bien guardado, es ahora objeto de espionaje, con razón o sin ella, de numerosos intrusos. La seguridad de los Estados, los intereses económicos y financieros, el mundo diplomático, la competencia profesional en diversos campos, el mundo del delito organizado, los paparazzi y los tips del corazón, se introducen de forma invasiva en lo que considerábamos privado.

Las recientes revelaciones de wikileaks ponen al descubierto algo más que noticias secretas o cifradas. Hay un morbo que bajo capa de moralidad o libertad pone a la luz, lo que a la mayoría no interesa o busca satisfacer esa curiosidad malsana que no sirve sino para justificar las propias carencias o afanes de manipulación o extorsión.

Abundan programas de TV que ponen al descubierto con el mayor desparpajo, las desavenencias o infidelidades de parejas. Convertirse en héroes de la pequeña pantalla aunque no sea más que por un rato, no soluciona nada, pero descarga las incongruencias de la vida dándole alguna trascendencia a lo que no traspasa los límites familiares o vecinales. Poner al descubierto en las páginas de farándula los amores de un día o las salidas del escaparate de artistas y divas, satisface lo que no podemos o no nos atrevemos. Los que ejercen el poder amenazan con dar a conocer videos o conversaciones que sólo ellos tienen para destruir a sus adversarios.

Ante esta realidad reacciona mucha gente sensata y no pocos dirigentes religiosos. Hay derecho y obligación de fiscalizar y controlar a toda persona pública o privada. Para eso existen las leyes. Los diez mandamientos no es un código de santidad sino de convivencia mínima entre los seres sociales.

El juicio moral es el acto por el cual se afirma o niega el valor de una situación o de un comportamiento. La regla de oro es que lo que quieras para ti, hazlo a los demás, mientras que la regla de bronce es ojo por ojo y diente por diente. Hay que superar la desmoralización contemporánea con una nueva ética de responsabilidad social y de mínimos que todos acepten. Si no, convertiremos la convivencia en una lucha en la que sólo triunfa el más poderoso.

9/ 4-2-11 (2624)

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