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sábado, 7 de agosto de 2010

La crónica menor LENGUAJE Y PODER

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Mons. Baltazar Enrique Porras Cardozo.

Uno de los principales logros de la Independencia fue poner en circulación un conjunto de ideas y un lenguaje con el que la posibilidad de un orden social distinto al colonial se instaló en el imaginario social. Con estas palabras presenta el catálogo del Banco de la República de Colombia una sencilla pero interesantísima exposición sobre el bicentenario de la Independencia.

Son numerosas las exposiciones que se exhiben en la capital colombiana sobre el acontecimiento del 20 de julio. Los visitantes tienen un grato encuentro con su pasado para desentrañar lo que fueron, son y quieren ser. A ello contribuyen las celebraciones que aportan a la identidad común que permitan superar las diferencias y carencias.

“Palabras que nos cambiaron: lenguaje y poder en la Independencia” es el slogan de la exposición. El recorrido visual nos hace contemplar en sencillos afiches o posters de gran tamaño, reproducciones de textos, proclamas y panfletos que circularon en aquellos años. Desde el memorial de agravios y quejas de los cabildos, en el que los criollos reclaman igualdad de derechos a la metrópoli, pasando por los diarios de la independencia, convocando al pueblo y temiendo a la plebe, hasta “el anteojo de larga vista” o diccionario para conocimiento de neófitos.

Hay proclamas como el de “La Bagatela” que dice: “¡Alerta, americanos, alerta! La guerra que se os va a declarar es más peligrosa que la de las bayonetas y cañones. Ya no somos colonos pero no podemos pronunciar la palabra libertad, sin ser insurgentes”.

En el “Anteojo de larga vista”, exquisito librito que presenta fragmentos de un diccionario genuino, leemos definiciones como éstas: Despotismo: “único código que jamás quebranta el encargado de su ejecución”. Código de leyes: “vestido viejo formado de remiendos, y que jamás viene al talle”. Revolución política: “banquete en que habiendo más convidados que sillas, los que se cansan de estar de pie, acometen a los sentados para arrojarlos y ocupar su puesto, sin que por esto se varíe sustancialmente el recreo y comida, a excepción de uno u otro plato que en la riña se tiran a la cabeza”.

Parece que doscientos años de independencia no cambian ni el lenguaje ni la forma de obrar de quienes detentan el poder. Dándole sentido equívoco a las palabras pretenden cambiar la manera de ser de los pueblos. Con razón el evangelio nos pide cuidarnos de ciertos ídolos, uno de ellos, el poder. Sólo hay un solo Dios y a él solo debemos servir.

31/ 31-7-10(2534)

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