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miércoles, 19 de enero de 2011

Crónica Menor/ In memoriam / LA MADRE MONTES

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Mons. Baltazar Enrique Porras Cardozo /

En la madrugada del miércoles 12 de enero 2011 falleció en la paz del Señor, la Hermana María Montemayor Fernández Hernández-Pinzón, más conocida como “la Madre Montes”. Su salud estaba en franco deterioro desde hacía algún tiempo. Sin embargo, ella seguía, observante, alegre, cumpliendo con lo que podía hacer: rezar y preocuparse por sus muchachos de San Javier del Valle.

Hace pocos días, a comienzos de año, la visité por última vez. Con el cuido y atención de las Hermanas de su comunidad, recibía todas las atenciones que necesitaba. En su cama, no desaparecía su sonrisa y su serenidad de espíritu. Las celebraciones de navidad se hicieron en el piso de su habitación para que ella participara junto a sus monjas en los oficios religiosos.

La Madre Montes fue una institución. Todos los jóvenes que han pasado por el Colegio Fe y Alegría de San Javier la recuerdan con cariño. Siempre en movimiento, haciendo milagros para que no faltara en la mesa de sus muchachos el pan de cada día. En Mérida, quien no la reconocía. Montada en la camioneta, hablaba, ordenaba, pedía, vivía y se desvivía por esta obra que construyó junto con el P. José María Velaz.

Tenía madera de santa y no le faltaba razón, pues por sus venas corría la sangre del Cardenal Spínola y de varias de su familia, consagradas también a Dios para servir a los más necesitados. Fue un ejemplo de entrega hasta el final. Podía haberse retirado hace años a su tierra natal, pero prefirió vivir y morir al lado de esta obra benemérita.

María Montemayor había nacido en Moguer, provincia de Huelva, el 8 de junio de 1922. Era la menor y la última que quedaba de una familia numerosa. De esos lares partieron hace algo más de cinco siglos los primeros que vinieron a nuestras tierras. Sobrina de Juan Ramón Jiménez, autor de “Platero y yo”, deliciosa novela y lectura obligada de nuestros años mozos. De su estirpe heredó el espíritu aventurero y poético, aun en momentos críticos, la libertad y la admiración por la belleza de la creación. Profesó en la Congregación de Esclavas del Divino Corazón a los 21 años. Fue misionera en Japón antes de venir a Venezuela adonde llegó en septiembre de 1976.

Fue fundadora junto al Padre José María Velaz del Colegio Fe y Alegría de San Javier del Valle. Contaba que el día de su llegada, le brindó al Padre Velaz un café con sal. Allí comenzó su hermosa amistad con él. Fueron muchas horas sentados frente a la chimenea; en una servilleta dibujaron esta gran obra de San Javier, semillero de vocaciones religiosas, sacerdotales y docentes que llenan a Venezuela y al mundo. Formadora de hombres y mujeres que agradecen ser parte de su vida y son los nombres que hoy le presenta al Señor.

Además de sus muchachos, se consustanció con los habitantes de El Valle y de Mérida. Ayudaba a familias necesitadas con mercados, becas y medicinas. Actualmente llevaba a cabo al proyecto “De los sin Techo”; con ayudas recibidas desde España y de sus amigos, facilitaba los materiales de construcción y los beneficiarios colocaban la mano de obra. Con este proyecto ayudó a varias familias de Los Azules-Lagunillas, Tabay, la Cueva del Arenal y cualquier cantidad de vecinos del Valle; la última casa que entregó fue en el Arenal. Vivió para Dios y para los demás. Ese es su legado, del que los merideños nos sentimos orgullosos y agradecidos.

Decidió donde quería que reposaran sus restos. En el cementerio de La Culata, junto a otras hermanas de su congregación y mucha gente del Valle que amó con pasión. Al dejar constancia de su perfil de cristiana y consagrada, no nos queda sino dar gracias a Dios por su vida, entrega permanente para dar lo mejor de sí para el bien de los más pobres. Paz a sus restos y que interceda por nosotros ante el Padre bondadoso que la recibe en su seno.

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